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Las posesiones materiales, en sí mismas, son buenas. No sobreviviríamos mucho tiempo sin dinero, ropa y cobijo. Debemos comer para seguir vivos. Pero si somos avariciosos, si nos negamos a compartir lo que tenemos con los hambrientos y los pobres, entonces convertimos nuestras posesiones en un falso dios. ¡Cuántas voces en nuestra sociedad materialista nos dicen que la felicidad se encuentra adquiriendo tantas posesiones y lujos como podamos! Pero esto es hacer de las posesiones un falso dios. En lugar de traer vida, traen muerte.