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  • Desde 1789, quizá incluso antes, había sido la voluntad de los políticos de explotar la amenaza o el hecho de la violencia lo que les había dado el poder de desafiar a la autoridad constituida. El derramamiento de sangre no era el desafortunado subproducto de la revolución, sino su fuente de energía.

    Simon Schama (2004). “Citizens: A Chronicle of The French Revolution”, p.728, Penguin UK