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La vanidad es con tanta frecuencia el motivo aparente de los consejos que, en su mayor parte, ponemos en juego nuestras facultades para oponernos a ellos sin indagar muy exactamente si son acertados. Basta con que otro se engrandezca a sus propios ojos a costa nuestra, y asuma autoridad sobre nosotros sin nuestro permiso; porque muchos sufrirían contentos las consecuencias de sus propios errores, antes que la insolencia de quien triunfa como su libertador.