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Si Dios quiere nacer como hombre y unir a los hombres en la comunión del Espíritu Santo, sufre el terrible tormento de tener que soportar al mundo en su realidad. Es una cruz; más aún, Él mismo es su propia cruz. El mundo es el sufrimiento de Dios, y todo ser humano que desee siquiera acercarse a su propia plenitud sabe muy bien que eso significa cargar con su propia cruz. Pero la promesa eterna para quien lleva su propia cruz es el Paráclito.