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A veces me pregunto si la mano no es más sensible a las bellezas de la escultura que el ojo. Creo que el maravilloso flujo rítmico de líneas y curvas puede sentirse más sutilmente que verse. Sea como fuere, sé que puedo sentir los latidos del corazón de los antiguos griegos en sus dioses y diosas de mármol.