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Es una verdad incuestionable, que el cuerpo del pueblo en cada país desea sinceramente su prosperidad. Pero es igualmente incuestionable que no poseen el discernimiento y la estabilidad necesarios para un gobierno sistemático. Negar que la desinformación y la pasión les llevan con frecuencia a los errores más groseros, sería un halago que su propio sentido común debe despreciar.