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De nuevo el sol de la madrugada fue generoso con su calor. Todos los sonidos queridos por un jinete estaban a mi alrededor: el resoplido de los caballos al aclarar sus gargantas, el suave aleteo de sus colas, el tintineo de los hierros cuando les echamos las monturas sobre sus lomos... Pequeños sonidos sin importancia, pero que permanecen en la inconsciente biblioteca de la memoria.