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El orden social capitalista, por tanto, es una democracia económica en el sentido más estricto de la palabra. En última instancia, todas las decisiones dependen de la voluntad del pueblo como consumidor. Así pues, siempre que existe un conflicto entre las opiniones de los consumidores y las de los directivos de las empresas, las presiones del mercado garantizan que las opiniones de los consumidores acaben imponiéndose.