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El Espíritu Santo nos impulsa a hacer el bien. Estos impulsos nos hacen avanzar por el camino recto y estrecho del discipulado. El hombre natural no piensa automáticamente en hacer el bien. No es natural. ¿Cuántas personas se preocupan por el coche detrás de ellos o la persona debajo de ellos? El hombre natural simplemente no lo hace. Para nosotros, sin embargo, estos impulsos aumentan nuestra conciencia de las necesidades de los demás y nos empujan a actuar en consecuencia.