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El LSD irrumpió en el lúgubre dominio de la burguesía estreñida como el heraldo angelical de un nuevo milenio psicodélico. Nunca hemos sido los mismos desde entonces, ni lo seremos jamás, porque el LSD demostró, incluso a los escépticos, que las mansiones del cielo y los jardines del paraíso se encuentran dentro de todos y cada uno de nosotros.