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El hábito es, pues, la enorme rueda volante de la sociedad, su agente conservador más precioso. Es lo único que nos mantiene a todos dentro de los límites de la ordenanza, y salva a los hijos de la fortuna de las envidiosas sublevaciones de los pobres. Sólo ella impide que los más duros y repulsivos caminos de la vida sean abandonados por quienes han sido educados para transitarlos.