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Pero una vez construido el mundo y establecido el curso de la naturaleza, el naturalista (excepto en algunos pocos casos, en los que Dios o agentes incorpóreos intervienen), recurre a la primera causa sólo por su apoyo e influencia general y ordinaria, por la que preserva la materia y el movimiento de la aniquilación o la destrucción; y al explicar fenómenos particulares, sólo considera el tamaño, la forma, el movimiento (o la falta de él), la textura y las cualidades y atributos resultantes de las pequeñas partículas de materia.