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En el momento en que puse el pan y el vino en aquellas manos oscuras, manchadas en otro tiempo con la sangre del canibalismo, extendidas ahora para recibir y participar de los emblemas y sellos del amor del Redentor, tuve un anticipo del gozo de la gloria que estuvo a punto de romper en pedazos mi corazón. Nunca saborearé una dicha más profunda hasta que contemple el rostro glorificado del mismo Jesús.