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Al ponerme en el punto de mira de quienes atacan las libertades de la Segunda Enmienda, me he dado cuenta de que las armas de fuego no son el único problema. No, es mucho, mucho más grande que eso. He llegado a entender que una guerra cultural está haciendo estragos en nuestra tierra, en la que, con fervor orwelliano, ciertos pensamientos y discurso aceptables son obligatorios.