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Donde comienza la fe, termina la ciencia. Ambas artes de la mente humana deben mantenerse estrictamente separadas entre sí. La fe tiene su origen en la imaginación poética; el conocimiento, en cambio, se origina en la inteligencia razonadora del hombre. La ciencia tiene que arrancar los frutos benditos del árbol del conocimiento, sin preocuparse de si estas conquistas afectan o no a la imaginación poética de la fe.