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El estadista que cede a la fiebre de la guerra debe darse cuenta de que, una vez dada la señal, ya no es el amo de la política, sino el esclavo de acontecimientos imprevisibles e incontrolables.
El estadista que cede a la fiebre de la guerra debe darse cuenta de que, una vez dada la señal, ya no es el amo de la política, sino el esclavo de acontecimientos imprevisibles e incontrolables.