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Los soldados tienen muchos defectos, pero tienen un mérito redentor: nunca son adoradores de la fuerza. A los soldados, más que a ningún otro hombre, se les enseña severa y sistemáticamente que la fuerza no es lo correcto. El hecho es evidente. El poder está en los cien hombres que obedecen. Lo correcto (o lo que se considera correcto) está en el único hombre que los manda.