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La compasión nos permite utilizar nuestro propio dolor y el dolor de los demás como vehículo de conexión. Este es un camino delicado y profundo. Puede que no nos guste ver nuestro propio sufrimiento porque tiende a encender la llama de la culpa y el arrepentimiento. Y podemos ser adversos a ver el sufrimiento en otros porque lo encontramos insoportable o desagradable, o lo encontramos amenazador para nuestra propia felicidad. Todas estas posibles reacciones ante el sufrimiento en la palabra nos hacen querer alejarnos de la vida.