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¿No estás herido, Watson? Por el amor de Dios, di que no estás herido". Valía la pena una herida -valía la pena muchas heridas- para conocer la profundidad de la lealtad y el amor que se ocultaban tras aquella fría máscara. Los ojos claros y duros se oscurecieron por un momento, y los labios firmes temblaron. Por única vez vislumbré un gran corazón, además de un gran cerebro. Todos mis años de servicio humilde pero resuelto culminaron en aquel momento de revelación.