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  • Al final llegó. Apareció de repente, exactamente como lo había hecho aquel día: salió a la luz del sol, saltó, se rió y echó la cabeza hacia atrás, de modo que su larga coleta casi rozaba la cintura de sus vaqueros. Después de eso, no pude pensar en nada más. El lunar en la parte interior de su codo derecho, como una mancha oscura de tinta. La forma en que se destrozaba las uñas cuando estaba nerviosa. Sus ojos, profundos como una promesa. Su vientre, pálido, suave y precioso, y la pequeña cavidad oscura de su ombligo. Casi me vuelvo loco.