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Emma y yo habíamos muerto dos veces y, en mi caso, la segunda se me quedó grabada. Ahora yo era un "americano resucitado", más conocido, en términos coloquiales, como "desafiado a la vida". O no muerto. O muerto viviente. Pero no soy un zombi. Sólo estoy un poco menos vivo que el estudiante medio de secundaria.