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  • La primavera, si se prolonga más de una semana, empieza a desear que el verano ponga fin a los días de perpetua promesa. El verano, a su vez, pronto empieza a sudar por algo que apague su calor, y el más apacible de los otoños se cansará por fin de la gentileza, y deseará una rápida y aguda helada que acabe con su fecundidad. Incluso el invierno, la estación más dura, la más implacable, sueña, a medida que avanza febrero, con la llama que pronto lo derretirá. Todo se cansa con el tiempo y empieza a buscar una oposición que lo salve de sí mismo.

    Clive Barker (1991). “The Hellbound Heart”, Voyager