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Debemos comprender que Dios no nos "ama" sin agradarnos -con dientes apretados- como a veces se cree que hace el amor "cristiano". Más bien, desde la eterna frescura de su ser perpetuamente renovado, el Padre celestial aprecia la tierra y a cada ser humano que la habita. La ternura, el cariño, el afecto desinteresado de Dios hacia todas sus criaturas es la consecuencia natural de lo que Él es hasta la médula, y que en vano intentamos captar con nuestra vieja e indispensable palabra "amor".