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  • En su extrema juventud Stoner había pensado en el amor como un estado absoluto del ser al que, si uno tenía suerte, podía acceder; en su madurez había decidido que era el cielo de una religión falsa, hacia el que uno debía mirar con una divertida incredulidad, un desprecio suavemente familiar y una nostalgia avergonzada. Ahora, en su madurez, empezaba a saber que no era ni un estado de gracia ni una ilusión; lo veía como un acto humano de llegar a ser, una condición que se inventaba y modificaba momento a momento y día a día, por la voluntad y la inteligencia y el corazón.