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La mente viaja más rápido que la pluma; en consecuencia, escribir se convierte en una cuestión de aprender a realizar disparos ocasionales al vuelo, derribando el pájaro del pensamiento cuando pasa a toda velocidad. El escritor es un artillero, que a veces espera en la persiana a que llegue algo, y a veces vaga por el campo con la esperanza de asustar a alguien.