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  • El cielo era de un frío gris hierro, como la parte inferior de un escudo. Una brisa cortante levantaba los dobladillos de las faldas y agitaba las hojas de los árboles inmaduros; un viento rencoroso y frío que buscaba tus lugares más débiles, la nuca y las rodillas, y que te negaba el consuelo de soñar, de retirarte un poco de la realidad.