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Mi mantel había desaparecido y la superficie de la mesa estaba llena de arañazos, que parecían sospechosamente letras. Me subí a una silla y lo miré desde arriba. MÍO. Estupendo. Fantástico. Tan maduro. Quizá lo siguiente sería tirarme de las coletas o clavarme una tachuela en el asiento.