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  • Aquel día no se produjo ningún encuentro, y me alegré de ello; saqué del bolsillo un pequeño Homero que no había abierto desde que salí de Marsella, releí tres versos de la Odisea, me los aprendí de memoria; luego, encontrando suficiente sustento en su ritmo y deleitándome en ellos a placer, cerré el libro y permanecí, tembloroso, más vivo de lo que había creído posible, con la mente entumecida por la felicidad.