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Al crecer, ya había decidido que quería ser un beatnik. Un poeta bohemio, pensaba. O músico. Tal vez un artista. Me vestía con jerseys negros de cuello alto y fumaba Gitanes. Escuchaba jazz fresco en los clubes, me levantaba para leer verdades devastadoras de mi cuaderno, apoyado en el micrófono, con el cigarrillo colgando de la mano.