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Aquellas llamas de vela eran como la vida de los hombres. Tan frágiles. Tan mortales. Si se las dejaba solas, encendían y calentaban. Si se las dejaba desbocadas, destruían lo que debían iluminar. Hogueras embrionarias, cada una portadora de una semilla de destrucción tan potente que podía derribar ciudades y poner de rodillas a reyes.