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Veo una especie de sed en su expresión, la misma que vi cuando me habló de su hermano en la trastienda del salón de tatuajes. Antes del simulacro de ataque podría haberla calificado de sed de justicia, o incluso de venganza, pero ahora soy capaz de identificarla como sed de sangre. Y aunque me asusta, la comprendo. Lo que probablemente debería asustarme aún más.