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La calle de mi izquierda estaba atestada de tráfico y observé a la gente que esperaba pacientemente en los coches. Casi siempre había un hombre y una mujer, mirando al frente, sin hablar. Al final, para todos era cuestión de esperar. Esperabas y esperabas: al hospital, al médico, al fontanero, al manicomio, a la cárcel, al mismísimo papá muerte. Primero la señal roja, luego la verde. Los ciudadanos del mundo comían y veían la tele y se preocupaban por sus trabajos, o por la falta de ellos, mientras esperaban.