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  • Leo y me libero. Adquiero objetividad. Dejo de ser yo mismo y me disperso. Y lo que leo, en vez de ser como un traje casi invisible que a veces me oprime, es la tremenda y notable claridad del mundo exterior, el sol que todo lo ve, la luna que salpica de sombras la tierra quieta, las grandes extensiones que acaban en el mar, los árboles negruzcos cuyas copas ondean verdes, la paz constante de los estanques en las granjas, las laderas en terrazas con sus caminos cubiertos de parras.