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Ninguna historia tiene un principio, y ninguna historia tiene un final. Los comienzos y los finales pueden concebirse para servir a un propósito, para servir a una intención momentánea y transitoria, pero son, en su naturaleza fundamental, arbitrarios y existen únicamente como una construcción conveniente en la mente del hombre. Las vidas son confusas, y cuando nos disponemos a relatarlas, o parte de ellas, no podemos discernir nunca momentos precisos y objetivos en los que comenzó un acontecimiento determinado. Todos los comienzos son arbitrarios.