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Ha ahogado los éxtasis más celestiales del fervor religioso, del entusiasmo caballeresco, del sentimentalismo filisteo, en el agua helada del cálculo egoísta. Ha resuelto el valor personal en valor de cambio, y en lugar de innumerables libertades estatutarias imprescriptibles, ha establecido esa única e inconcebible libertad: el libre comercio. En una palabra, en lugar de la explotación, velada por ilusiones religiosas y políticas, ha sustituido la explotación desnuda, desvergonzada, directa y brutal.