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A pesar de la mayoría de nuestros tópicos, el autoengaño sigue siendo el engaño más difícil. Los trucos que funcionan con los demás no sirven de nada en ese callejón muy bien iluminado en el que uno se engaña a sí mismo: aquí no valen las sonrisas ganadoras, ni las listas de buenas intenciones bellamente dibujadas. Uno baraja en vano sus cartas marcadas: la bondad hecha por la razón equivocada, el triunfo aparente que no supuso ningún esfuerzo real, el acto aparentemente heroico por el que uno había sido avergonzado.