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Sin duda creo que todos sufrimos daños, de una forma u otra. ¿Cómo no hacerlo, salvo en un mundo de padres, hermanos, vecinos y compañeros perfectos? Y luego está la cuestión, de la que tanto depende, de cómo reaccionamos ante el daño: si lo admitimos o lo reprimimos, y cómo afecta esto a nuestro trato con los demás. Algunos admiten el daño, e intentan mitigarlo; algunos se pasan la vida intentando ayudar a otros que están dañados; y están aquellos cuya principal preocupación es evitar más daño para sí mismos, cueste lo que cueste. Y esos son los despiadados, y con los que hay que tener cuidado.