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El sufrimiento, empezaba a pensar, era esencial para una buena vida, y tan inextricable de tal vida como la dicha. Es un gran potenciador. Puede durar un minuto, pero al final desaparece, y cuando lo hace, otra cosa ocupa su lugar, y puede que esa cosa sea un gran espacio. Para la felicidad. Cada vez que me enfrentaba al sufrimiento, creía que crecía y definía mejor mis capacidades, no sólo físicas, sino también interiores, para la satisfacción, la amistad o cualquier otra experiencia humana.