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  • A lo largo del calvario, aprendí que enfadarme era más fácil que estar triste. La ira era algo que podía controlar. Podía acomodarme a un ritmo fácil de culpa y odio. Concentrar mi energía en algo que no fuera el dolor de mi corazón.

    Emily Giffin (2010). “Baby Proof: A Novel”, p.52, Macmillan