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Antes era una profesional de la descompresión, le encantaba sentarse en la terraza trasera de la casa de la playa en una de nuestras astilladas sillas Adirondack durante horas, mirando el océano. Nunca tenía un libro, ni el periódico, ni nada que la distrajera. Sólo el horizonte, pero mantenía su atención, su mirada inquebrantable. Tal vez era la ausencia de pensamientos lo que le gustaba de estar ahí fuera, el mundo limitándose al golpeteo de las olas cuando el agua entraba y salía.