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Volví al patio y vi que el sol se había debilitado. Hermosa y clara como había sido, la mañana (a medida que el día se acercaba al final de su primera mitad) se estaba volviendo húmeda y brumosa. Pesadas nubes se desplazaban desde el norte e invadían la cima de la montaña, cubriéndola con un ligero halo. Parecía niebla, y tal vez también la niebla se elevaba desde el suelo, pero a aquella altitud resultaba difícil distinguir las brumas que se elevaban desde abajo y las que descendían desde arriba. Empezaba a ser difícil discernir el grueso de los edificios más lejanos.