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Cuando el Imperio Romano llegó a su fin, todos los viejos dioses del mundo pagano fueron vistos como demonios por los cristianos que se levantaron. Fue inútil decirles con el paso de los siglos que su Cristo no era más que otro Dios del Bosque, que moría y resucitaba, como antes lo habían hecho Dioniso u Osiris, y que la Virgen María era en realidad la Buena Madre de nuevo consagrada. La suya fue una nueva era de creencias y convicciones, y en ella nos convertimos en demonios, desligados de lo que ellos creían, a medida que los viejos conocimientos se olvidaban o se malinterpretaban.