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Los cirujanos juegan con el doble rasero del mito sobre la función del cuerpo. El muslo de un hombre es para caminar, pero el de una mujer es para caminar y estar "guapa". Si las mujeres podemos caminar pero creemos que nuestras extremidades tienen mal aspecto, sentimos que nuestros cuerpos no pueden hacer lo que están destinados a hacer; nos sentimos tan genuinamente deformes y discapacitadas como el involuntario hipocondríaco victoriano se sentía enfermo.