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Sentía una inquietud implacable. Era la primera vez que experimentaba celos, y aquella emoción se aferró a mi piel día y noche como una mancha oscura, una contaminación de la que no podía desprenderme; llegó a ser tan insoportable que, cuando por fin me libré de ella, quedé libre para siempre del deseo de poseer a otra persona o de la tentación de pertenecer jamás a nadie.