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Oh Tú que eres mi quietud, mi profundo reposo, Mi descanso de la lucha de lenguas, mi santa colina, Hermoso es Tu pabellón, donde me retengo quieto. Atrás caigan de mí, mis enemigos clamorosos, Confusiones multiplicadas; De las aglomeraciones del sentido huyo, y a Ti me escondo. Hasta que esta tiranía sea superada, Tu mano me sostendrá firme; Aunque el tumulto de la tormenta aumente, Concede a Tu siervo fuerza, oh Señor, y bendice con paz.