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En cuclillas sobre huesos viejos, excrementos y hierros oxidados, en un resplandor blanco de calor, un panorama de idiotas desnudos se extiende hasta el horizonte. Silencio absoluto -sus centros del habla están destruidos- excepto por el crepitar de las chispas y el estallido de la carne chamuscada cuando les aplican electrodos arriba y abajo de la columna vertebral. El humo blanco de la carne quemada flota en el aire inmóvil. Un grupo de niños ha atado a un idiota a un poste con alambre de espino, le ha encendido una hoguera entre las piernas y observa con curiosidad bestial cómo las llamas le lamen los muslos. Su carne se sacude en el fuego con agonía de insecto.