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La abolición de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la exigencia de su felicidad real. Pedirles que renuncien a sus ilusiones sobre su condición es pedirles que renuncien a una condición que requiere ilusiones. La crítica de la religión es, por tanto, en embrión, la crítica de ese valle de lágrimas del que la religión es el halo.