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  • Sin ti, sin tus embestidas, sin tus desarraigos sobre nosotros, permaneceríamos toda la vida inertes, estancados, pueriles, ignorantes tanto de nosotros mismos como de Dios. Tú que nos golpeas y luego curas nuestras heridas, tú que nos resistes y nos cedes, tú que destrozas y construyes, tú que encadenas y liberas, la savia de nuestras almas, la mano de Dios, la carne de Cristo: es a ti, materia, a quien bendigo.