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Cuando era niño, 10, 11, 12, 13 años, lo que más deseaba en el mundo era tener un mejor amigo. Quería ser importante para la gente, tener personas que me entendieran. Quería estar cerca de alguien. Y por aquel entonces, un pensamiento pasaba por mi cabeza casi constantemente: "Nunca va a haber una habitación en algún lugar donde haya un grupo de gente sentada, divirtiéndose, pasando el rato, donde uno de ellos diga: '¿Sabes qué sería genial? Deberíamos llamar a Fiona. Sí, eso estaría bien'. Eso nunca pasará. No hay nada interesante en mí". Sentía que era una cosa triste y aburrida.