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Y era una fantasía, porque no éramos fuertes, sino agresivos; no éramos libres, sino autorizados; no éramos compasivos, sino educados; no éramos buenos, sino educados. Cortejábamos a la muerte para llamarnos valientes y nos escondíamos de la vida como ladrones. Sustituimos la buena gramática por el intelecto; cambiamos los hábitos para simular madurez; reordenamos la mentira y la llamamos verdad, viendo en el nuevo patrón de una vieja idea la Revelación y la Palabra.